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Cuando el sueño falta a la cita...

 En las horas de insomnio, los recuerdos emergen a borbotones. El tiempo compartido, las fechas especiales, los días festivos, van y vienen en mi mente como un recuerdo lejano, pero todavía latente. En las noches de insomnio, tu rostro deambula libremente por mi dormitorio y, aunque todo esté oscuro, tus ojos claros parecen iluminar la habitación. Cuando el sueño falta a la cita, en su reemplazo sobrevienen las vivencias: las risas cómplices, los besos, las caricias. Pero cuando por fin los ojos quieren cerrarse, todo eso se esfuma. Es como si, de repente, el príncipe se transformara en mendigo y el mendigo en ladrón… un ladrón de esos que jamás podés olvidar, por más que pelees contra el recuerdo

ISABELLA

 Mi chiquita que ya no es tan chiquita. Crecés como crecen las flores testarudas: con cambios, con sobresaltos y con ese desorden hermoso que trae la adolescencia… pero seguís siendo vos, esa luz suave que nunca se apaga. Tus ojitos chinos siguen mirando con la ternura de siempre. Tu sonrisa, chiquita pero poderosa, todavía gana batallas que ni imaginás. Y tus abrazos… ay, tus abrazos… todavía pueden soldar mis huesos y dejarme el alma derechita. Te extraño entera: tu voz que cura, tus pasos entrando en casa sin pedir permiso, las compritas improvisadas, tu mano buscándo la mía, ese amor único que llevás en el pecho. Desde acá, mi cielo, te deseo una felicidad grande, redonda, indomable. Y que nunca olvides: mis brazos siguen abiertos, esperando ese momento perfecto en que la vida nos vuelva a juntar.

Insomnio

 Me visitás por las noches, llegás a hurtadillas, como un amante que espera la oscuridad para entrar en silencio. Me acompañás, marcás el compás de las horas en las que yo, taciturna, doy vueltas en la cama. Me embriagás entre recuerdos y nostalgia, me invitás a pensar, a proyectar cosas posibles, cosas imposibles… Y cuando por fin sucumbo a tus encantos, te marchás con el alba, con el sol que asoma por la ventana como único testigo.

Batalla

Parece que duermo… pero no. Mi cabeza jamás descansa: en ella se liberan mil batallas diarias. A veces gana, a veces pierde, pero siempre lucha. No siempre pelea con monstruos: a veces lo hace con el repiqueteo de campanas lejanas, esas que se escuchan en noches frías y oscuras, donde todo pesa más. Cada campanada trae un recuerdo, una anécdota, o el silencio de esa ausencia que duele aún. Otras veces le gana una danza de pensamientos hostiles, esos que todos tenemos pero que pocos reconocemos. Esos que, cuando aparecen queremos espantar con un sacudón. Por momentos se cansa. Llora en silencio. El dolor la adormece… Y cuando parece morir, aparecen los recuerdos: de la casa, de mi casa, esa que espera dormida el momento de verme regresar, la sonrisa de mi hijo, el abrazo de mi madre, las charlas con mis hermanas y los ojitos chinos de Isa. Entonces ahí, parece resucitar, y pelea con más fuerzas, tratando de dividirse entre Las Heras y Cuadro Benegas. Y entonces comprende que no debe luc...

Donde empieza el después

 Y aún, por las noches, me despierta el eco de ese silencio abrumador. El miedo que impregnaba mi vida, la miseria que la paralizaba en nombre del amor. En mis sueños, aún, puedo sentir mis lágrimas, oír mis súplicas, oler la tristeza que me habitaba. Algunos días, el sol se esconde detrás de nubes negras, cargadas de recuerdos, pobladas de silencios impuestos, de sonrisas apagadas. Todavía hay momentos en los que me aterra mirar hacia atrás, porque temo encontrar esa sombra que por años me acompañó. Aún hoy me asusta mirarme en el espejo: temo encontrarte en el reflejo, como quien nunca abandona a su presa. Pero otros días… siento que las cuerdas que me ataban a vos se rompieron para siempre, que todo es parte de otra vida, de otro tiempo. La mochila ahora está vacía o al menos, solo carga cosas mías. Y esos días, el sol calienta y brilla más que nunca. Las noches son más tranquilas, y el aire entra y sale de mí, más limpio, más liviano, como si aquella mordaza fuera solo un recue...

De palo a palanque

 Mi alma se despegó del pellejo, flota en un aire más pesado que el plomo. Estoy cansada de ser palo; quiero ser palenque, donde pueda soltar raíces, descansar hojas, respirar sin miedo. Y sé que volverá, ligera, susurrando a la luna que también está bien dejar de sostener. 

Presencias del viento

 Las ausencias se convierten en presencias tácitas, llegan con un café humeante, un perfume, una palabra que quema. Las huellas que creí borradas vuelven, como viento que no olvida, recordándome a quién amé y quién quedó en mí sin permiso. No vienen a lastimar, vienen a recordarme quién fui, quién soy, y quién seré. Entera, fuerte, con fuego en la piel y con el corazón tatuado de resiliencia.