Bajo el viento de Malvinas
Con el viento soplando en su cara, con sus manos temblando de frío y el murmullo de nombres callados, Carlos toma su fusil, mientras sus ojos lo recorren, bajo un cielo de plomo y olvido, su mente vuela a su barrio, a su gente, y como por arte de magia, hasta el sur del país, llega el aroma de la comida de su madre, el eco de las discusiones con su padre, por haber elegido otro club de fútbol.
Con el viento soplando en su cara, con el hambre que muerde sus huesos, y una noche cubierta de escarcha, Carlos observa a los jóvenes a su alrededor, con los sueños truncados, con sus vidas pausadas, en busca de gloria, defendiendo la patria.
Con el viento soplando su cara, con el frío partiendo sus labios y bajo una lluvia de balas doradas, Carlos se aferra a sus creencias, a la promesa que le hizo a su novia, ya no sabe si podrá cumplirla, cierra los ojos y vislumbra su habitación, los discos y hasta puede escuchar su música, añorando la vuelta.
Con el viento soplando su cara, con su pecho sintiendo el acero, con la vista nublada y la muerte susurrando su oído, Carlos comprende, que su cuerpo quedará para siempre en el suelo y en la brisa de aquellas Islas Malvinas.
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