Tus ojos
El tiempo había pasado.
Los recuerdos se habían desdibujado,
los llantos eran apenas esporádicos
y las risas habían vuelto a ser una constante.
El tiempo había pasado:
aquella vida parecía lejana,
en otras tierras, con otra gente,
con otras labores,
como si la hubiera vivido mi alma en otro cuerpo.
El reloj siguió su curso:
ya podía decir tu nombre sin que mis ojos se nublaran,
ya me había apropiado de nuestras canciones,
había hecho mía esta tierra
y hasta había olvidado los pormenores de aquella historia.
El tiempo había pasado:
ya no eras el último pensamiento de la noche
ni el primero al despertar.
Había olvidado tu perfume,
el aroma de tu piel,
y mis oídos desconocían tu voz.
Los días transcurrieron…
Pero, de pronto —a casi mil días de la última vez—,
el viento, ese que sopla fuerte por estos lares,
me trajo tu nombre, tu olor, tus risas,
tu mirada inolvidable.
Casi por azar,
con este viento patagónico ajeno a nuestra historia,
llegaron los recuerdos,
como si hubiesen viajado los dos mil kilómetros que nos separan,
como si el tiempo no hubiese pasado,
como si nuestra historia no hubiera terminado.
El tiempo había pasado
y, en este pequeño pueblo que tan bien me cobijó,
comprendí que mi cuerpo y mi alma no te olvidaron:
solo adormecieron los sentimientos,
los escondieron para no sufrir más…
pero tus ojos me persiguen,
aún aquí, tan cerquita del fin del mundo.
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