El grito
De repente despierto, miro a mi alrededor: nada me es conocido,
mi cuerpo yace tendido en un lugar, no es mi cama, no es mi habitación, no es mi casa…
Quiero levantarme y no puedo, el espacio es reducido, desesperado comienzo a gritar, pero nadie parece escuchar.
Me duele el pecho, mi respiración se acelera.
Agudizo mi oído y todos mis sentidos con él, como buscando huir, cierro los ojos y le susurro a mis recuerdos que aparezcan, que me saquen de ahí…
Finalmente después de unos minutos que parecen un siglo, comienzan a emerger vagamente los momentos vividos, se mezclan en mi cabeza, me confunden, me trasladan a lugares fríos, vacíos, blancos y silenciosos, lugares donde la locura, coqueteó con la razón, la sedujo y la enamoró. Mis lágrimas comienzan a caer, como van cayendo mis recuerdos, ahora puedo verlo todo con claridad: el pasillo, los doctores y un puñado de ansiolíticos son difíciles de olvidar, pero tan fácil de recordar. Entre los recuerdos que lindan en mi cabeza solo uno resalta, uno que me provoca la misma sensación que tengo ahora, dolor en el pecho, falta de aire y un frío que cala los huesos…
Aprietos los ojos, como preguntándome que más hay, pues ese es mi último recuerdo; comienzo a darme pellizcos fuertes como queriendo despertar… pero por más que apriete, mi piel no siente el dolor, como un cuerpo sin alma, o peor aún, un alma sin cuerpo.
Abro mis ojos, y aunque sigo en el mismo lugar, puedo ver como en una pantalla gigante lo que fue mi vida, y digo lo que fue, porque ahora puedo recordarlo todo: aquel día gris de abril cuando de rodillas le pedí al todopoderoso que le dijera a mi corazón que dejara de latir , cuando le supliqué a todas mis creencias que dejara de doler, cuando le rogué a mi razón que no se dejara seducir por la locura, y cuando enjugando mis ojos entendí, que si mis creencias no podían ayudar, entonces era yo quien debía poner punto final a mis tormentos, a mis debilidades, a mis dolores.
Entonces vino mi último recuerdo, y es una mezcla de tristeza y liberación… y como un eco llega ese grito que hiela la sangre, cuando mi cuello sucumbe a la cuerda que pende del balcón.
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